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Sin Próspero hay tempestad

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Empecé a leer Un mundo feliz y enseguida noté semejanzas incómodas con nuestra sociedad. Allí montan una fábrica para producir humanos dóciles, con un Director que lo orquesta todo. Quizá no hacen falta ni la fábrica ni el Director para conseguir algo parecido. Lo más inquietante, en cualquier caso, es lo que puede ocurrir después de cerrar la novela.

En los primeros capítulos, la novela enseña una fábrica de personas. Los seres humanos ya no nacen: se incuban en serie y se los clasifica en castas, desde los Alfas, pensados para mandar, hasta los Epsilones, pensados para el trabajo bruto. Antes de ser creados, se les modela el cuerpo y las inclinaciones: quién tolerará el calor, quién no necesitará pensar demasiado. Después viene el adiestramiento. A bebés de casta baja les ponen flores y libros bonitos y, en cuanto se acercan, hay explosiones, sirenas y descargas eléctricas, hasta que odian lo que al principio les atraía. Y por la noche, mientras duermen, un altavoz les repite consignas sin parar —no lecciones de geografía: frases morales, una y otra vez— hasta que esas frases pasan a ser su modo de ver el mundo. A eso lo llaman hipnopedia. El Director del centro lo resume sin pudor: el secreto de la felicidad y la virtud es lograr que la gente ame el destino social que le ha tocado.

La tentación, al leerlo, es pensar: «Menos mal, hace falta todo un Centro de Condicionamiento para llegar ahí». Como si amar el sitio que te ha tocado exigiera incubadoras, electroshocks, susurros bajo la almohada y una droga de Estado, el soma. Esa lectura da por hecho que sin todo eso no habría esa adhesión al sistema. Pero basta con mirar alrededor para ponerlo en duda. El soma se parece a las dosis cortas de alivio y olvido que ofrecen, a ratos, las redes, el scroll infinito, los juegos —o, más literalmente, otras drogas— que aplanan el malestar sin obligar a cambiar de vida. La hipnopedia no necesita las repeticiones nocturnas de la novela: bastan eslóganes, identidades de tribu y frases listas que se repiten hasta sonar a sentido común. El condicionamiento no exige electroshock infantil: a veces bastan incentivos, estatus y el miedo a quedarse fuera. Ninguna de estas analogías es idéntica a lo que pasa en la novela. Son ecos. Si se fuerzan, dejan de serlo. El eco basta para la primera sospecha: no hacía falta tanta infraestructura.

Ahí aparece la segunda sorpresa, más incómoda que la primera. En la novela casi todo está calculado: hay Directores, hay un Interventor Mundial, hay un diseño que fabrica un tipo de persona a propósito. Es la misma figura que Shakespeare ya había puesto en escena mucho antes en La tempestad: Próspero, que gobierna la isla entera con magia, mueve a cada personaje como una pieza, y provoca la tormenta que da título a la obra. Buscar siempre a ese personaje —el villano con batuta, el que mueve los hilos— es otra forma de lectura ingenua: si no hay conspirador, parece que no hay jaula. Pero en la vida real un mecanismo —o varios— puede producir efectos parecidos sin que nadie lo haya pensado para controlar a nadie. Bastan incentivos, hábitos, mercados, técnicas que se copian porque funcionan. No hace falta un Próspero para que haya tempestad.

Y luego la tercera sorpresa, la que de verdad incomoda. Alguien lee la novela, ve el truco, entiende con total claridad que no hacía falta laboratorio ni villano, asiente con la cabeza —qué lucidez— cierra el libro, y sigue en lo esencial exactamente como antes. Esto no contradice lo anterior: lo confirma. Si de verdad hiciera falta un Centro de Condicionamiento entero, entender el mecanismo debería bastar para escapar de él. Pero si el lector más crítico, el que ya ve el aparato entero, puede asentir y no moverse ni un centímetro, entonces el mecanismo no depende de que nadie lo entienda ni lo ignore. Funciona igual, se lo mire o no. Ahí está la prueba de las dos tesis anteriores, y llega sin que nadie la busque.

Es verdad que sin incubadoras y sin shocks seguramente no existiría ese mundo de la novela: sin madres, con Epsilones fabricados, con felicidad de catálogo. Huxley no escribió un manual fallido. La novela no es una profecía literal. A lo que apunta es a algo más pequeño y, por eso mismo, más difícil de esquivar: para versiones banales de amar lo que toca, o de entenderlo todo y quedarse igual, ni el laboratorio completo ni un Próspero al mando son condición necesaria. Quien solo teme al Centro de Condicionamiento puede pasar por alto versiones menores y menos visibles de lo mismo.

En resumen: no hacía falta tanta maquinaria. No hacía falta nadie al mando. Y la prueba de las dos cosas está en lo que pasa después de cerrar el libro.